lunes, 4 de mayo de 2020
LOS GALLINAZOS SIN PLUMAS: LA METÁFORA DEL REALISMO URBANO
La vida es el regalo más
preciado que tenemos. Gracias a ella apodemos disfrutar de todas las maravillas
que nos rodean; desarrollarnos personal y profesionalmente, formar una familia;
ser felices. Sin embargo, no todo es color de rosa; sobre todo para algunos
desdichados a los que la suerte le es adversa y la vida le muestra su peor
cara.
Este contexto es propicio para
reseñar uno de los cuentos más hermosos que he leído. Este relato pertenece al
libro “La palabra del mudo”, una recopilación de los cuentos del
escritor Julio Ramón Ribeyro en el que, asimismo,
figuran prólogos del
autor. Fue publicado por primera vez en 1972 y posteriormente, han surgido
nuevas ediciones que han ido incrementando la cantidad de los relatos
compilados hasta abarcar su obra cuentística completa.
Para hablar de “Los gallinazos
sin plumas”, primero, obligatoriamente, debemos mencionar la imponente figura
de su autor, el gran Julio Ramón Ribeyro, novelista y cuentista peruano, quien
con una maestría inigualable y un talento sobrenatural, plasma en sus narraciones,
temas como la pobreza y explotación que sufren niños y adultos, olvidados e
invisibles ante los ojos de una sociedad fría y mezquina.
La historia tiene como uno de sus personajes
principales a Don Santos, un viejo codicioso, amargado y cruel que tiene una
pata de palo. Él vive, junto a sus dos nietos: Efraín y Enrique (personajes
centrales de la historia), quienes son maltratados, humillados y explotados por
su abuelo. Ellos son obligados a trabajar, desde muy temprano, en la basura,
recogiendo residuos orgánicos comestibles para alimentar a Pascual, un cerdo
voraz que, día tras día se convierte en una bestia insaciable.
Efraín y Enrique viven para servir a Don Santos,
y para alimentar al monstruoso animal. Su vida transcurre entre cubos de
basura, comida maloliente; en medio de perros vagabundos y gallinazos saltando
entre la inmundicia. Pero, principalmente, entre el abuso y los golpes del viejo
Dos Santos, quien cada día les exige más y más carroña para satisfacer el
apetito incontrolable de Pascual.
La vida de los niños tiene un giro inesperado
con la llegada de Pedro, un perrito chusco y roñoso que Enrique encontró en el
muladar, y a quien lleva a su casa para obsequiar y alegrar los días de Efraín,
quien se encontraba delirando por la fiebre a causa de la infección en uno de
sus pies.
El nudo de esta hermosa y triste historia se
enciende cuando Enrique, luego de ser apaleado por su abuelo, sale en busca de
más comida para el cerdo; y, Don Santos, aprovechándose de la ausencia del
muchacho, arroja al perro a la porqueriza para servirle de alimento a la bestia.
Al regreso, Enrique encuentra a Efraín sumido en mar de lágrimas, se acerca a
Pascual y ve con horror los restos de su fiel amigo Pedro. El niño enfurecido
le reclama a su abuelo por su atrocidad cometida, forcejea con el viejo; el
cual resbala, rompe su pata de palo, y cae dentro del chiquero del cerdo,
convertido hasta entonces en un monstruo descomunal.
Finalmente, los niños huyen del lugar. A lo
lejos escuchan los gruñidos salvajes de la fiera y los gritos lastimeros de su
abuelo, que dan cuenta de una desigual batalla sangrienta, en la cual el cerdo
Pascual disfrutaría devorando el suculento cuerpo de su propio amo.
Estoy seguro que disfrutarán de este
extraordinario cuento, escrito por uno de los mejores narradores peruanos,
quien nos envuelve, con maestría narrativa, en el realismo urbano para
mostrarnos de cerca la pobreza, la injusticia social y la explotación infantil
que sufren muchos hermanos peruanos.
¡Se los recomiendo!
David Rengifo Ortega. Profesor de Lengua y Literatura, Magister en Educación y especialista en comprensión lectora.
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miércoles, 21 de febrero de 2018
AÚN CON MI ARMADURA SIGO SIENDO BUENO

La vida muchas veces nos hace tomar nuestra armadura y salir a luchar por lo que queremos, por mantener algo propio, por mantenernos a flote o simplemente por mantenernos con vida… y en todos los casos esa armadura está hecha de lo que nos hace valerosos, de lo que nos ha hecho crecer, de lo que capa a capa se ha formado sobre nuestros corazones para protegernos de las cosas negativas que nos ocurren.
Todo esto es parte del sentido de supervivencia de la vida, donde por voluntad propia, por adaptación o a la fuerza, esas armaduras forman parte de nosotros. En distintos niveles la vida se resume en una batalla y como toda batalla la protección se hace necesaria, no obstante, debemos establecer límites para que esas armaduras no nos protejan tanto que desvirtúen lo que en esencia somos o que se hagan tan poderosas que nos aíslen del mundo en forma de cárceles.
¿Por qué es importante dejar nuestras armaduras y deponer nuestras armas periódicamente?
Porque la mirada a través de las armaduras se distorsiona, especialmente a los ojos de quien quiere ofrecernos su afecto, su amor e inclusive su protección. Dejar penetrar nuestra armadura nos permite liberar nuestra esencia sin posiciones armadas o predispuestas.
Porque la fragilidad muchas veces enamora, una persona muy dura, muy autosuficiente, que nada la afecte aparentemente o realmente, por lo general le cuesta atraer a personas a ella, bien sea porque la consideran insensible, inalcanzable o sencillamente no se sienten que puedan aportar nada valioso.
Porque dentro de una armadura se deja de vivir, solo se sobrevive dentro de ellas, pero por protegernos de los peligros que asechan, nos condenamos a perdernos las maravillas de la vida, nuestra coraza impide que nos movamos libremente y si bien nos protege de lo negativo también, a veces, nos aísla de lo positivo.
Porque las heridas no se curan bajo la armadura, las heridas no se deben cubrir de forma excesiva, hay que protegerlas, pero dejándolas cicatrizar y eso no ocurrirá con la armadura puesta, en este caso las heridas se sentirán más.
Porque todo es transitorio y circunstancial, todos pasamos por momentos alegres y por momentos tristes, por momentos de infinito amor y de profunda desilusión, pero eso es parte de la vida, las curvas de crecimientos son así, para nada sería sorprendente si todos los momentos fuesen positivos, suena medio masoquista, pero los momentos en los cuales peor nos sentimos, nos hacen valorar mucho más su contraparte.
El escritor estadounidense Richard Bach decía: “Sin duda, tu coraza te protege de la persona que quiere destruirte. Pero si no la dejas caer, te aislará también de la única que puede amarte.”
En conclusión, No está mal usar armaduras, es más, creo que todos la tenemos en diferentes modelos, pero lo que no está bien es dejarla de para siempre, debemos dejarla por momentos para no perdernos de las maravillas de la vida, para que nos mostremos como realmente somos y permitamos que nos amen y se acerquen a nosotros sin barreras autoimpuestas.
Todo esto es parte del sentido de supervivencia de la vida, donde por voluntad propia, por adaptación o a la fuerza, esas armaduras forman parte de nosotros. En distintos niveles la vida se resume en una batalla y como toda batalla la protección se hace necesaria, no obstante, debemos establecer límites para que esas armaduras no nos protejan tanto que desvirtúen lo que en esencia somos o que se hagan tan poderosas que nos aíslen del mundo en forma de cárceles.
¿Por qué es importante dejar nuestras armaduras y deponer nuestras armas periódicamente?
Porque la mirada a través de las armaduras se distorsiona, especialmente a los ojos de quien quiere ofrecernos su afecto, su amor e inclusive su protección. Dejar penetrar nuestra armadura nos permite liberar nuestra esencia sin posiciones armadas o predispuestas.
Porque la fragilidad muchas veces enamora, una persona muy dura, muy autosuficiente, que nada la afecte aparentemente o realmente, por lo general le cuesta atraer a personas a ella, bien sea porque la consideran insensible, inalcanzable o sencillamente no se sienten que puedan aportar nada valioso.
Porque dentro de una armadura se deja de vivir, solo se sobrevive dentro de ellas, pero por protegernos de los peligros que asechan, nos condenamos a perdernos las maravillas de la vida, nuestra coraza impide que nos movamos libremente y si bien nos protege de lo negativo también, a veces, nos aísla de lo positivo.
Porque las heridas no se curan bajo la armadura, las heridas no se deben cubrir de forma excesiva, hay que protegerlas, pero dejándolas cicatrizar y eso no ocurrirá con la armadura puesta, en este caso las heridas se sentirán más.
Porque todo es transitorio y circunstancial, todos pasamos por momentos alegres y por momentos tristes, por momentos de infinito amor y de profunda desilusión, pero eso es parte de la vida, las curvas de crecimientos son así, para nada sería sorprendente si todos los momentos fuesen positivos, suena medio masoquista, pero los momentos en los cuales peor nos sentimos, nos hacen valorar mucho más su contraparte.
El escritor estadounidense Richard Bach decía: “Sin duda, tu coraza te protege de la persona que quiere destruirte. Pero si no la dejas caer, te aislará también de la única que puede amarte.”
En conclusión, No está mal usar armaduras, es más, creo que todos la tenemos en diferentes modelos, pero lo que no está bien es dejarla de para siempre, debemos dejarla por momentos para no perdernos de las maravillas de la vida, para que nos mostremos como realmente somos y permitamos que nos amen y se acerquen a nosotros sin barreras autoimpuestas.
sábado, 7 de julio de 2012
LAS PALABRAS FINALES DE UNA PERSONA
Las palabras finales de una persona, las últimas que se pronuncian antes de morir, se reciben siempre como la cifra de un destino. Sean profundas, o al menos en apariencia, banales, se las toma como condensación del destino de una vida o de una personalidad entera.
Una de las más famosas de la historia nos lleva a Roma, en particular a Julio César, quien, desilusionado por encontrar al hijo de quien había sido su amante entre los asesinos que lo abordaron en el Senado, exclamó: "¿Tú también, Bruto?".
En su hora final, en cambio, el más egocéntrico Nerón exclamó al parecer: "¡Qué artista muere conmigo!".
Con delicadeza femenina, Ana Bolena, condenada a ser decapitada por falsos cargos presentados por su marido, el temible rey Enrique VIII, prometió a su verdugo: "No le dará ningún trabajo: tengo el cuello muy fino".
Las palabras finales de dos importantísimas figuras en la conformación de los modernos países de América Latina (durante el siglo XIX) indican similar tristeza y frustración. Bolívar expresó un lapidario: "He arado en el mar". Y Manuel Belgrano se lamentó: "¡Ay, Patria mía!".
Al ser encontrado en su refugio donde se mantenía escondido, Ernesto Che Guevara instruyó al sargento que iba a dispararle: "Póngase sereno y apunte bien: va usted a matar a un hombre" .
Pasando al mundo de la literatura, el crítico literario Marcelino Menéndez Pelayo evaluó: "¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer!".
Pragmático, Lewis Carroll ordenó a su enfermera: "Quíteme esta almohada. Ya no la necesito". François Rabelais también trató de mantener el control: "¡Que baje el telón, la farsa terminó!" .
A diferencia de todos los casos anteriores, el escritor Henry James mostró cierta expectativa; dijo, presumiblemente con algún alivio, "Al fin, esa cosa distinguida".
Para terminar, me detendré, de manera muy especial en dos personajes a los que los caprichos de la vida no quiso que compartieran, ni se conocieran fíisicamente, pero no pudo evitar que sintieran el mismo dolor, que lloren el mismo llanto, que sueñen los mismos sueños, que escriban la misma literatura que los hizo diferentes e iguales a la vez, que mueran en carne más no en escencia.
Uno de ellos es el gran César Vallejo, poeta peruano, pronunció, antes de morir: "!ESPAÑA... ME VOY A ESPAÑA¡"; el otro Don David Rengifo Gaspar "Simón Robles", escritor y poeta trujillano, lidiando su última batalla con la muerte, en la frialdad de su lecho dijo: "MAÑANA NOS VAMOS A CASA, HIJO; A VER PELÍCULAS". Aún escucho en mi corazón esa frase , Padre mío.
¿Conocen otras palabras finales? ¿Cuáles dirían ustedes, en una despedida ideal?
domingo, 20 de noviembre de 2011
DICCIONARIO DE LOS SENTIMIENTOS
NOSTALGIA: Cuando el momento trata de huir del recuerdo para hacerse realidad de nuevo, y no lo consigue.
RECUERDO: Cuando, sin tu autorización, tu pensamiento te muestra un capítulo de tu vida ya pasado.
ANGUSTIA: Un mundo muy bien apretado en el mundo de la tranquilidad.
PREOCUPACIÓN: Un pegamento que no deja salir de tu pensamiento lo que todavía no sucedió.
INDECISIÓN: Cuando sabes muy bien lo que quieres, pero te parece que deberías optar por otra cosa.
SEGURIDAD: Cuando la idea se cansa de buscar, y para.
INTUICIÓN: Cuando tu corazón da un salto en el futuro y vuelve inmediatamente.
PRESENTIMIENTO: Cuando pasa por tu mente el "trailer" de una película que puede ser que ni suceda.
VERGÜENZA: Un paño negro que quisieras tener para cubrirte en aquel momento.
ANSIEDAD: Cuando los minutos parecen interminables para conseguir lo que se quiere.
INTERÉS: Signo de interrogación o admiración al final del sentimiento.
SENTIMIENTO: Idioma que le corazón usa cuando necesita mandar algún mensaje.
RABIA: Cuando el león que vive en ti muestra los dientes.
TRISTEZA: Una mano gigante que aprieta el corazón.
FELICIDAD: Un momento que no tiene prisa alguna.
AMISTAD: Compartir la vida con quienes quieres bien, por más diferentes que ellos sean.
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